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 Article publié le 13 janvier 2019.

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A Diana Zavala

Diamela ese día no se fue a su cuarto que alquila. Se sube al bus, sin pensar dos veces, al fin hago algo sin peso de culpa, escaparme a descansar un rato. En el camino mira la naturaleza como si tuviese una mariposa en las manos. Sopla.

Allá donde nació, hay un río, cañas gigantes, se puede sembrar lo que quiera, crece, yuca, maíz, maní, y la fruta de pan. El canto de los pájaros no se va de la memoria. Se recuerda queriendo alcanzarlos, imitándolos, hasta berrinchar en un por qué, se pierden entre los árboles como huyendo de ella. Es tan chiquita que no alcanza ni siquiera a coger un mango con un palo, han dejado crecer tan alta la mata, dice molesta a sus cinco años. La cereza muerde hasta parecer un botón rojo en su boquita.

Ella no pierde la costumbre de llevar a su niña interior como canguro. Le dice, mira el sol está a punto de esconderse. Se olvida que va de visita donde nació, donde quemaron la placenta, donde se le cayó el ombligo, donde dio sus primeros pasos, donde se aflojaron sus dientes de leche, donde descubrió el dolor y la alegría, de que la promesa es paquete vacío. Como una caja de calzado para guardar pequeñas cosas que coleccionas.

Habitó allí la mitad de su andar, le toca en pleno pecho la emoción. Sus deudos, su pasado y presente filial, eso de lo generacional que no te suelta hasta allá en el cementerio. Y cómo lo sabes, se dice para sí, burlonamente. Apenas su padre y su madre quedan como tinta d de sangre en el pueblo. Los demás han emigrado como yo a la ciudad, no exageres, quedan todavía muchos, los que retornan con las manos hechas nudo. Mi salida la siento como haber arrancado de raíz a la planta.

Las flores huelen, deja la mochila en el piso, a un lado coloca la funda con cosas que compró para su madre en la tienda del poblado, ni la reconocieron, a nadie le importa mi presencia, se saca las sandalias y sorprende a su madre, chica que me asustaste.

Ven a comer tortillas recién sacadas del horno, de pronto interrumpe un jadeo, es la hermana que llega corriendo, me he hecho la pava de la universidad, ni dos veces lo pensé, y dije vengo, el cumple de papá es la próxima semana y no puedo, pero ¿cómo ?, ¿tú, aquí ?, le dice a su hermanita, que boquiabierta, no puede creer, hay otra que le ha leído los pensamientos, y se le adelantó.

 Ahora va a tener que aguantarme y compartir los secretos que traes a contar a mamá y los de ultratumba a mí, ya estamos crecida, y no vas a ir a soltar la lengua, como cuando niña, que si me daba un beso con fulanito tal, enseguida venías echa la envidiosa como la más chismosa de todas las alumnas de la escuela, te acuerdas. Y perra paliza que me daban. Tiempos idos. Punto.

 - ¿Qué, no estas contentas de verme ? -, te vi a los lejos, y me he pegado tremenda correteada para alcanzarte. Ya déjense de cantaletas y vengan a comer, está calientita, la humita, las tortillas de maíz, de yuca, la torta de fruta de pan, el café colado también. Púchica, que has hecho comida hasta para los muertos. Diamela sigue cuchicheando con la hermana, esta feliz, no quiere dejarlo notar. Al fin juntas.

Parece que no la escuchan. Ambas están secreteándose-. La progenitora alcanza a oír, -vamos antes que se oculte el sol-, no han cambiado, lo mismo de siempre, me dejan con los platos servidos, ya son grande para jalarles las mechas. Siente la soledad del campo, en su cansancio se guarece, se saca el vestido de andar en casa, se pone el recién lavado que huele a limpio, pasa trapo a sus zapatos gastados.

¿Para qué quejarme ?, me trago el resentimiento, yo que estoy con hambre de compañía de ellas, de volverlas a tener entre mis faldas, de sacarles los piojos, de acurrucarlas en mi vientre, de contarles lo que mi madre dijo de su madre mientras les desenredo el pelo, Creo que han cambiado el caminar y la forma de vestir, están hechas a la de ciudad. Parece que nunca las parí. Anda todas pintoreteadas.

¿Y yo ? Qué hago aquí, dejé de salir, dejé de mirarme en el espejo, dejé la vida entera entre lava, plancha y trajina. No quiero eso para ellas. Le resuena como eco en coro, las voces de las dos cuando le dijeron, -ya volvemos-, iban riéndose a carcajada. 

La mujer vieja empieza acordarse que también fue así alguna vez.

Se empujan, se alcanzan, la tumba, le hace cosquilla, cuéntame con quién sales ahora, -no, tu primero, y después te cuento lo mío-. Se levantan, parece que nunca van a llegar a la cima.

Descansemos un ratito, se echan boca abajo, cuéntame, como has visto a mamá, la vi pálida, arrugada, como que ya no aguanta ese estar entre paredes, casi aislada, no tiene con quién conversar, nuestro padre es más chúcaro que un burro amarrado, te acuerdas, cuando se sentía suelto hasta se desaparecía.

La otra interrumpe, dice, no creo, a mí me parece, que está fuerte, mira tantas cosas que ha hecho para semana santa, tiene para repartir a toda la gente de aquí, eso a ella la mantiene ocupada, pretexto para ir de visita. Creo que está agotada.

Llegan al cerro, ven al sol como una brasa gigante agachándose de poquito a poco hasta desaparecer de los ojos de ambas, llegamos con las justas. El cielo rosa, naranja crea un paisaje de serpentinas tiza pastel, juega el lila en el horizonte, se amontona y desparrama el naranja entre las ramas y las hojas. Los Ceibos parecen monstruos gigantes con sus trompas abiertas o ancianos cortando el tiempo. El espacio del paisaje se vuelca como plumas de rabo de gallo enredadas en el cielo.

Lucecitas de sombras brotan en la caída de la tarde.

Ahora a correr sin parar.

A no entretenernos con nada antes que la noche nos acorrale.

Llegan, silencio, no está la madre, a dónde habrá ido, fijo, se molestó, no creo que se haya ido al cuarto, es la última en pegar la pestaña, -¿y cómo sabes ?, si hace rato que no sabemos de sus rutinas, costumbres no cambian, seguro, anda viendo que todo quede tapado.

Padre como siempre en su cuarto, sólo que ahora está en la casa de cemento de dos pisos, con su ventana que da al terreno sin fin. No huele a cigarro como antes. Fumaba como un descosido. Se sirven café calientito, no saben por dónde empezar, si con la humita o las tortillas, o la torta bañada de miel, mira como ha quedado chorreando el queso, están tibias aún, se les hace agua la boca, ya apura, una a la otra le dice. -Ya va-, espera.

Se sientan en la mesita que está cerca del horno antiguo de más de 100 años que aún está intacto. Listo. Ni bien dan el primer mordisco, escuchan un aullido atronador, chillidos de millones de ratones, de murciélagos, parece el fin del mundo, el corazón les salta, la una corre, grita, se cae, se arrastra, quiere pararse, no puede, se levanta y vuelve a desbaratarse, reza todo lo que sabe, el padre nuestro, el ave maría, el ángel de la guarda.

Ola tras ola parecía la tierra.

Diamela, está parada al lado del horno , lo abraza, esta tibio, menos mal, se siente segura, como que el piso no se parte ahí, se pone a cantarle a Pachamama, no para, no piensa, solo saca un vozarrón, y se desgañita casi suplicando, madre tierra detente, deja de abrir tu trompa, cállate, se desespera, llora, le canta canción de cuna, duerme mi niña polvosa, no seas tan revoltosa.

Trac, trac, trac, las cosas caen, se cuartea la casa nueva, se va a venir abajo ya mismo, que no le pase nada a papaíto, está inmóvil, paralizada, literalmente parece una estatua al lado de la reliquia del fogón altar de sus ancestros.

Este sacudón parece que nunca va a parar. Como que nos fuese a tragar ese gruñido. Se desploma la pared. El tiempo parece un animal revolcándose por la herida, adentro de la jaula tiembla.

Esto ha durado como un minuto. 

Un llanto imparable rompe el de mi hermana y yo viva, como me atraganto, dice lola. Se apretujan desconsoladamente. Reaccionan, y los demás. Miran hacia la nueva construcción, todas las paredes se vinieron abajo. Alcanzan a ver al padre agarrado a una viga. ¿Cómo se salvó ? ¿Cómo no se vino abajo ? Ningún ladrillo lo golpeó.

¿Y mi madre ? Le grita, una de las hijas, contesta, -con una voz seca, dice, hay que irla a buscarla, Se fue donde su amiga Tilita a llevarle a que pruebe lo que ha cocinado-.

Avanzan en terreno ahuecado, tratando de no caer en las grietas, pareciera que nos persigue el aullido de una pesadilla desbocada. Que esté viva, me decía para mis adentros. Lola no soporta la idea de no encontrarla, ni yo, sé que he sido una rebelde de mierda, ella una gritona y corajuda, pobrecita, que no se la haya tragado la tierra. Quiero encontrarla completita.

Hasta que, al fin, la hallan, arrodillada, como petrificada, con las fundas en las manos, con la boca fruncida de tristeza, de miedo, de terror, de ojos incrédulos de vernos allí, suelta los paquetes, nos abraza y solloza.

Me siento una muñeca de trapo en sus manos. Me impongo ante las dos. Mi madre y Lola me miran con tal desesperación, con tal preocupación, con tal duda. Regresemos dice, Diamela, cogen los paquetes cada una, y con la otra mano van agarrando, lado a lado las manos de la mamá.

Nadie habla. Hasta que rompe el silencio la madre, ¿Y tu padre ? – él nos dijo que te fuéramos a buscar-

 Al día siguiente, parecía cáscaras cuarteada la tierra que nos vio nacer. El silencio era como una tumba dentro de nosotros. Solo la estructura quedó de la casa recién hecha. Volver a empezar.

Revolver entre la vida y la muerte la “esperanza” de que no todo está perdido. Sólo más viejos. Busco la radio en la casa de caña vieja, siempre madre escucha las noticias, no pierde la costumbre, su decir es, así estoy al tanto de lo que pasa en cualquier parte.

¿Qué mismo sucedió ?, la miro, es obvio lo que pasó, ¿qué nos queda ?

Demora en entrar la señal, casi todas las estaciones mudas. Una, coge dial, la voz agitada del hombre anuncia que el epicentro ha ocurrido en Pedernales, Portoviejo, cae la señal.

El pánico es nada ante el punto del epicentro agarrotado en la angustia paralizada en punta del cabo donde eres nada si no sabes qué hacer o si te agarra el abismo de la ira de la tierra.

 Si te salvas eres un náufrago de la agonía hasta que pase el sismo y de lo que vendrá. Respiras. Te patea el pecho. Y aún sentirte pegado a la planta de tus pies.

La hamaca vuelta un péndulo te revuelca a tocarte a tantear.

El terremoto nos arrinconó el corazón.

 

Carmen Váscones.

09/07/2018

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