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 Article publié le 17 mai 2020.

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HABÍA PENSADO EN otras lecturas, anoche se me apareció la poesía de Césario Verde, y se me despertaron las ganas de otra vez leerlo, y tenía otros libros presentes. Esta mañana encuentro en la galería el libro Españoles en París de Azorín, que compré por muy poco precio en la Feria del Libro en septiembre, de este año o el pasado. Pensaba leerlo cuando fuera a París. Porque desde hace tiempo quiero ir unos días. Y siento, o sentía, que París me espera, tras tantos años de no haber vuelto. Pensé en ir en septiembre, pero no me fue posible. Ahora sí que no sé cuándo lo será. Esta posibilidad ahora parece un sueño, porque el mundo es otro, se hace otro. Y también, en este cambio, en esta ruptura, lo que es ir a París, y su misma posibilidad de ir. Compré el libro y no lo hojeé. Estuve seguro de su interés y su valor. No lo leí en verano, pese a considerar entonces todavía el ir en septiembre. Y quizá hubiera ido a París y no lo hubiera leído. Tampoco leí nada para ir a Roma, volver a Roma. Pero ahora me encuentro el libro en la galería y sí lo abro y empiezo. Me doy cuenta, por lo pronto, por lo que dice en la solapa -estas solapas que escribía para la colección Austral de Espasa Calpe Ramón Gómez de la Serna, y entre las que hay algunas muy características y muy célebres, como las dedicadas a Valle-Inclán o a García Lorca-, que este París tiene entre paréntesis sus años : 1936-1938. Es, por tanto, el París de la guerra, en el que debió estar Azorín. También estuvo entonces Baroja, y lo debió pasar mal. Debía ser difícil la vida en ese momento para un español en París. Es por ello que pienso que tiene una razón biográfica y realísima la observación que hace Baroja en algunas de sus novelas, como Susana, y es la de que la vida en París es muy triste si no se tiene dinero. Es entonces muy triste París. Porque se ve cómo brilla y bulle la vida, y cómo pueden disfrutar ésta los otros, pero no tú, que no tienes nada en el bolsillo. La vida es entonces un apetecible escaparate que sólo puedes mirar. No puedes participar en ella. Y por esto es muy triste París sin dinero. Recuerdo esta observación de Baroja, que además de acertada me ha parecido siempre nace de algo vivido, sabido bien, en la propia piel, y veo que la dedicatoria del libro ya nos acerca a esta cuestión. El libro está dedicado a los directores de La Prensa de Buenos Aires, quienes -nos dice y dice a todos en esta dedicatoria Azorín- “generosamente me han hecho vividero París”. Un París difícil, en que es difícil vivir. Así el París en que vivió y escribió este libro Azorín, como el París en que vivió Baroja -el mismo difícil, triste por ello París. El libro lleva un prólogo que nos acerca a esta realidad. Se titula “Otra vez París” y así empieza : “Pero esta vez de un modo penoso”. Esta primera frase nos sitúa del todo. En este distinto y otro París. Difícil. Al que le ha llevado el destino y su país en guerra -España. Un destino que puede ser terrible. Así se lo dice a sí mismo y nos lo dice también a todos Azorín en este prólogo : “El destino puede ser terrible. No sé lo que las horas de este reloj me depararán. Pero el reloj no dice nada. Está silencioso. De la calle no llega ningún ruido. El silencio siempre me ha sido grato. El silencio de este cuarto, limpio y alfombrado, henchido de un cálido ambiente, me inquieta ahora un poco. Lo que antes me sosegaba -el silencio-, ahora me desazona”. Y tras esta reflexión se pregunta : “¿Qué voy a hacer yo en París ? ¿Cómo se desenvolverá mi vida ? No puedo menos de pensar, querido lector, en la cuestión económica. No hay más remedio que pensar en ella. De España, como a los demás viajeros, no me han permitido sino sacar unas pocas pesetas. ¿Y cómo vivir en París, donde la vida es tan cara, con unas pocas pesetas ? El sueño cierra mis ojos y enajena mis sentidos. Durante la noche, a veces, de cuando en cuando, retiembla el cuarto con una intensa trepidación. Debe de ser que un poderoso tren entra en la estación raudo. Y esto es todo lo que de la estación se percibe. Las sirenas de las locomotoras no las he oído. Pero el trepidar momentáneo de los trenes me ha hecho compañía en esta soledad”. La angustia ante una situación difícil, un momento doloroso y dramático, el drama también, sencillamente de cómo vivir y unos días de encierro, el relato de andar por el pasillo, como hemos andado nosotros, en nuestras casas -los españoles y muchos otros- en este largo encierro. Resuenan por ello en nosotros los pasos que en él da. Así nos habla de ellos : “Por el pasillo largo y achatado, sobre la esponjosa alfombra, voy caminando sin cesar a la manera de un viandante. La imagen de un viajero de la estepa no se aparta de mí cuando cierro la puerta de mi cuarto para marcharme. El sol invade el ámbito. La calefacción es alta. He de abrir la ventana para que el aire se refresque un poco”. Un lugar que aunque grato y apacible acaba siendo y sintiéndose cárcel, porque así se siente y lo vuelve el encierro. Nos lo dice así : “Prisionero de este hotel he estado unos días. Lo que era delicia al principio se ha convertido después en angustia. No podía yo sostenerme aquí -dados mis medios de fortuna- y, sin embargo, no podía marcharme. El lector no necesitará de más explicaciones. En la cárcel de este hotel he permanecido varios días. Lo que queda en mi sensibilidad de la estada en el soleado y silencioso cuarto es el tac del reloj, el rechinar de la calefacción y el poderoso retemblar de un tren que irrumpe a medianoche en la estación”. Después de este primer hotel, de este primer lugar de llegada, en el que no podrá reparar, como nos ha dicho al principio (“No habrá tiempo ni humor para reparar en el cuarto que me daban. Lo que me dieran, eso aceptaría yo con gusto”), Azorín se ha trasladado a un hotel más pequeño y más acorde por diversas razones con lo que desea como lugar para estar. Nos dice de este nuevo lugar en el que se encuentra, y llegamos al final de este preámbulo al libro que es “Otra vez París” : “No somos en estos hoteles tan nuestros, tan de nosotros mismos, como en los hoteles inmensos. El respeto y aun el afecto de que se me rodea en este hotelito me reconforta. Pero ¡cómo me acuerdo de aquel cuarto, al cabo de un kilómetro de pasillos, en que no percibía ningún estrépito y en que estando solo, aislado, escuchando de cuando en cuando el retemblar de los trenes, me sentía más cerca de España, de mi querida y dolorida España !”. Queda ahora leer el libro. Pero me causa impresión saber que está escrito y vivido en París en esos momentos difíciles y dramáticos. En cualquier momento me hubiera causado impresión, pero quizá aún más lo hace ahora. Porque parece que se nos haya desvanecido París, como muchas cosas. No sabemos, no sé cuándo podremos ir, y si cuando vayamos muchas cosas serán otras. Otro el mundo, otra la vida, otro París. Sentimos, siento lejos el París al que pensaba ir y en el que pensaba perderme, como hice en Roma. Encontrarme y perderme. Roma, París. Voy a leer en mi casa de Barcelona estos textos escritos por Azorín en París cuando la guerra y que se leían en Buenos Aires, escritos en unos momentos difíciles y en que la vida era difícil, y difícil París. París se ha alejado como un sueño sino desvanecido, pero nos queda el escribir. Lo que se escribió entonces en él, lo que escribió un gran escritor español, lo cual le ayudó a vivir -en el bolsillo pero también en el alma-, y podemos leer ahora, hoy, y lo que hoy podemos también escribir. Leer y escribir.

 

 

ESTAS ESTAMPAS TRISTES DE París, en el que se busca arte y su historia y en los que está España, España lejos y adentro y más viva que nunca, doliendo, entre los españoles que en París viven cuando la guerra, como Azorín, viven o Azorín nos los hace vivir en las palabras, cuentos y retratos con que nos los acerca y se los figura. Estampas tristes de España y de París, de españoles en París. Las voy leyendo, leyendo y encontrando en ellas su perfil de sombras, un perfil que se dibuja entre sus líneas y que son las de la nostalgia y el dolor, las de la separación, las de sentir desde ellos en París a España.

 

 

ESCRITORES, POETAS, PINTORES, sabios y sacerdotes -a veces los dos en uno- de los que se nos dice que están refugiados en París, y es preciso. Porque viven pobremente, y no saben en esa estrechez y ese difícil e incierto horizonte si van a poder pintar o escribir, o estos artes llevarles a algo. Vivir refugiado es vivir tristemente, vivir como de prestado, en el lugar de otro, un lugar que no es el tuyo. Pero en el que, al menos, puedes vivir -y en el tuyo quizá no podrías. París así también refugio, refugio en tanto que protección y abrigo. Pero necesitarlo es ya una tristeza. Estas vidas inciertas y fantasmales que traza e imagina en las estampas deliciosas de este libro Azorín pasan por nuestras manos y nuestra mirada pero también sobre nuestro corazón. Pasan como las sombras de las nubes. Pasan y se van. París, refugio de estos pintorescos y muy ciertos españoles en París, refugio como protección, hasta salvación, donde salvar la vida, y también como lugar triste. Quedan estas figuraciones y estos sueños de estos españoles en París, quedan en el corazón y la memoria, en estas estampas, vuelven a la vida cuando las leemos. Es una lectura que tiene algo de sueño, de sueño y de tristeza, también algo imposible de cumplir o que tiene su lado de sombra de un aparente lugar sin ella, ciudad o sueño, como sucede en París, con París, y saben y nos muestran muy bien en sus afanes y sus desvelos, sus añoranzas y sus luchas, su tristeza y su dolor estos españoles en París que nos retrata en este libro Azorín.

 

 

PARÍS. TODO LO que nombramos con París, lo que soñamos con París. El lugar del corazón que aún puede ser, en el que aún vivir. Españoles en París nosotros estos días, este tiempo, en busca de un refugio, de un lugar que en tanto que refugio sea triste -porque lo es vivir refugiado, sí- y a la vez nos salve la vida. Refugio el arte, las palabras. Los talentos que no quedan yermos en el corazón. Lo que podemos volver a nombrar y a soñar con París, un lugar en el que aún vivir y cuya memoria en el dolor y la tristeza no se borre. Memoria y conciencia de arte y de historia de siglos, refugio así para vivir y no sentirse perdido y arrojado fuera del tiempo, de sus pasos, el hombre aún tenga y le pueda dar nombre a este lugar a la vez certeza y sueño, como lo fue entonces, en otro tiempo, y lo podemos volver a sentir ahora y ayudarnos a así sentirlo un libro en ese otro tiempo escrito, París.

 

 

TRISTEZA. TRISTEZA Y salvación. Salvación por la tristeza, en la tristeza. En la tristeza y el dolor. Las palabras, el arte y el París que nos quedan.

 

Barcelona, 8 de mayo de 2020

 

 

RETOMO HOY LA lectura de Españoles en París, con la intención de terminar las cuarenta páginas que de este libro ayer me quedaron por leer. Los refugios que son los museos, también las iglesias, y la maravilla de París andar por sus calles. El dolor y la tristeza, ya al principio de etas páginas que me quedaban, de España. De estar en otra tierra, que se siente ajena -y no es España. Pero también el español en París encuentra sus refugios y compañías, los museos, las iglesias, los paseos. Andar por las calles de la ciudad y el arte. Y ante uno de estos museos, en la búsqueda y la contemplación de los paisajes de Corot en el Louvre, su interrogación y reflexión por su uso del color -o la ausencia de éste- aparece Roma. Así me la encuentro, dicha así por Azorín al hablarnos de Corot : “Un hombre siente ingénita vocación por la pintura. No existen en el mundo para él más que trozos de tela que embardurnar. Ese hombre ha estado en Roma. Todo pasa menos Roma. Todo es evanescente menos la inmortalidad de Roma. Roma da la sensación de inmortalidad. De Roma ha traído Corot esa sensación de lo inmutable. Si había en Corot antes una propensión a la quietud, las estadas en Roma la han corroborado”. Nos quedan aún París y Roma, pienso, y nos quedan como lugares en los que aun estando en ellos perdidos (en uno de estos preciosos textos o artículos Azorín dice que esta así en París, que está perdido en París) sepamos en ellos encontrarnos, guarden y tengan para nosotros refugios, museos e iglesias, pinturas que contemplar y por cuyo misterio preguntarnos, y calles para andar. Y que esa necesidad de refugio y de compañía que nos procuramos nosotros mismos para aliviar nuestra soledad -recogimiento en recodos o iglesias perdidas, en jardines escondidos, ante pinturas, en paseos y andares sin rumbo, en las calles perdidas y encontradas- sea lo eterno que no muda y que nos queda, el aliento íntimo del hombre, la vibración de su espíritu que encuentra lugares, espacios, recodos, recuerdos y artes en los que esta vibración pueda tener lugar. En París, en Roma. En nuestro afecto, en nuestra memoria. En la pasión y el amor con que los escribimos -nuestro afecto, nuestra memoria-, y de los que están llenas nuestras palabras, y son las que las hacen de verdad ser.

 

 

ESCRIBO ESTAS PALABRAS al leer las que encuentro en este texto de Azorín dedicadas a Roma, titulado “La aventura de Corot”. Él no aprecia, no sabe sentir y encontrar el color -o lo que significa en el espíritu su ausencia- al ver sus paisajes en el Louvre, y esto le hace descolgar la lámina que reproduce uno de ellos y tenía en su sencilla habitación. Pero comprende después su misterio, que es su significación -aunque la significación de un misterio no pueda muy bien explicarse. La comprende al pensar y acordarse de la de Roma, que se encuentra en las palabras que he transcrito y a partir de las que he escrito estas sencillas mías. Tras escribirlas, leo donde estaba, ya hacia el final de este texto o artículo, y me encuentro con la música. La música que sucede a Roma y se encuentra junto a Roma. Así éstas son las palabras de Azorín que siguen a las que había transcrito : “Y el gusto por la música -la música que se escucha en silencio, inmóvil- viene a juntarse a la sensación de lo inmoble. Y todo ello ante un paisaje, en la soledad del campo, en comunión íntima con lo eterno del cielo y de la tierra”. Y al final del texto une a Roma y la música, las hace razón de ser del misterio del arte de este pintor y de su comprensión, todo esto extremos de difícil explicación. Pero Roma y la música lo son, y dan razón. Acaba así de este modo su artículo Azorín : “Roma y la música han triunfado en Corot. Más allá del horizonte sensible está, en Corot, la sugestión de lo eterno y lo inefable. Y de nuevo -un tanto avergonzado por mi decisión imprudente- vuelvo a colgar en el nítido ámbito el paisaje de Corot”. Y yo pienso en la música de los lugares y las cosas, la música de los recuerdos y los afectos y de la pintura y de las palabras leídas, la música de la infancia que guardamos adentro y del amor de los padres y la música que por aún sentirse y percibirla en las cosas nos permite todavía hacer arte, pienso en esta música y la uno también a Roma, a París y a Roma, y pienso que deseo y espero que no la perdamos jamás del todo, que la sepamos encontrar y sentir aun cuando estemos en lugares extraños y ajenos, en los que sentimos que vivimos refugiados y estamos perdidos, y que tengamos algo de París o de Roma adentro, algo que aún podamos encontrar incluso en un tiempo extraño, y nos haga ser todavía del arte y de la vida, poder aún vivir.

 

 

Y TAMBIÉN GRECIA, Grecia en el Louvre, y por tanto en París. A raíz de su meditación acerca de La Odisea, surgida de la contemplación de un busto de “Homero en el Louvre”, nos dice Azorín al acabar el capítulo de Españoles en París así titulado : “Y el epílogo que ponemos a nuestra meditación en el Louvre, ante el busto de Homero, es que la gran literatura helénica, siendo serena, clara, sencilla, ecuánime, encierra en el fondo, allá en la entraña más recóndita, un remanente irreductible de tristeza infinita.// Y así es la vida”. Esta tristeza he comentado y señalado en palabras escritas estos días sabía ver en Federico García Lorca su amigo Luis Cernuda, y se refiere a ella en unos preciosos recuerdos que de él escribió poco después de que lo mataran. Me referí también a la tristeza que veía, como una veta más profunda y más oscura, en la poesía de Bécquer, así como en Andalucía, tal se aprecia en un bellísimo texto que escribió en 1935, “Divagación sobre la Andalucía romántica”, y que leí uno de estos días en el grueso volumen de su Prosa completa que tanto disfruté muy joven. La tristeza española, la tristeza de sus poetas tenidos por más vitales o más cantores del amor, tristeza española y tristeza de Andalucía. Tristeza en sus palabras y también en sus vidas. Tristeza de los españoles en París y de los españoles en Roma cuando la guerra, en la que estuvo mi padre y me sale por ello al paso en los poemas que conforman Vuelta a Roma, escritos también en la maravilla de Roma, es decir, mientras andaba por sus calles. La maravilla de París, la maravilla de Roma. Calles, cafés, iglesias, museos, cuadros. Plazas y pequeños jardines olvidados. Y la tristeza, la tristeza de la vida, porque así es la vida, como nos resume de modo sencillo y definitivo en estas palabras Azorín. Así lo es desde Grecia, en el fondo así es la vida para el hombre, y este fondo está debajo de más alentadoras apariencias en su arte. Refugiados y perdidos en París o en Roma cuando la guerra, en la playa del Mediterráneo a la que llegamos tras muchos años de fatigas, en un duro y difícil tiempo en que hemos tenido que estar encerrados en casa y con la adivinación y el pálpito en el corazón de un horizonte incierto, así es la vida.

 

 

EMPIEZA ASÍ AZORÍN el penúltimo capítulo de este libro Españoles en París, titulado “La experiencia del Louvre” y que me parece es muy significativo y nos dice muchas cosas : “Las primeras obras del Museo del Louvre me eran familiares desde hace muchos años. No había visitado yo nunca este museo. Las obras las conocía bien. Se hallaban bien ancladas en mi subsconciente. Por libros, por fotografías, por postales, por reproducciones varias, conocía yo estas obras. En mi biblioteca, cuando cansado de trastear con los libros, de ordenar unos y desordenar otros, me reposaba un momento, mis dedos iban hojeando, casi instintivamente, estas reproducciones. Sin mirarlas, las veía distintas. Un fragmento de tal o cual pintura -pierna o brazo, pedazo de cielo o enramada de bosque- bastaba para que allá dentro de mi ser se completara la obra. Y ahora, aquí en París, iba a enfrentarme por primera vez con todas las bellas pinturas. Todo un pasado de contemplación y meditación iba a condensarse en unos minutos. Todo ese pasado podía ser confirmado o destruido”. Sí, París es ya París en nosotros y antes de ir, es lo que de él sabemos y hemos leído y visto en los libros, lo que hemos escuchado. Es ya una compañía y también un horizonte y una esperanza. También lo es Roma e Italia toda -y además de París lo es igualmente Francia toda-, y lo es España. Es lo que de ellas ya tenemos dentro y lo que esperamos. Lo que vamos en ellas a encontrar. Lo que indefectiblemente encontramos, que, como pasa con la vida, siempre es algo otro, nuevo o distinto. “Roca española” es un precioso texto del pintor y escritor del 27 Ramón Gaya dedicado al Museo del Prado, y en que se siente como la verdadera patria. Patria el Prado, España el Prado. Para quien por fin va a París también el Louvre, como expresa, no sin cierto temor al sentir que de verdad va a encontrarse con él, en estas palabras Azorín. Refugio y abrigo, compañía, mar imprevisto, aire fino de sus calles, nuestros pasos en ellas. Encuentro y pérdida. Horizonte y esperanza. Lugar al que se vuelve aun cuando a él vayamos por primera vez, como todo lo que de verdad importa para el hombre, como el sentimiento del verdadero amor. París.

 

Barcelona, 9 de mayo de 2020

 

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