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Uñas al ataque
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 Article publié le 19 septembre 2021.

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---¡ Estás ardiendo en calentura, Jorgito !--- dijo espantada mi madre, luego de haberme tocado con su técnica muy personal de pegar su párpado junto a mi frente. Mi temperatura estaba arriba de los 38°, según calculó ella.

---Fuera de que siento un ligero dolor de cabeza estoy bien ---dije— aunque no podría cumplir el plan de estrenarme hoy yendo en bicicleta a mi primer examen semestral a San Juan del Río…

---…porque tienes fiebre -–terció don Nef--- y está lloviendo.

---¿Y qué vamos a hacer entonces---preguntó mi bella madre.

— El maestro Mejorada te va a llevar a tus exámenes y te traerá de regreso cuando termines. Ya tendrás tiempo de prepararte para cuando tengas que ir solo en la bicicleta.

Mejorada resultó ser un gran conversador, tanto que ni sentí pasar el tiempo.

---Te voy a dar unos tips para que no te vayas a perder ---prometió

Llegando bajé del coche y tras cruzar un pasillo como de cochera, desemboqué en un patio encementado, con un árbol de buen tamaño en el centro. De la oficina ubicada a mi derecha salió una persona con cara de directivo. Tras el saludo de rigor nos identificamos.

----Soy el subdirector Benítez.

---...Jorge Quintanilla…

---…Vienes de Paracho –- asentí---. Acompáñame, aquí al lado está tu salón.

Desde la puerta abierta hizo señas a un maestro al cual le habló en voz baja y por sus gestos intuí que hablaba de mí . Luego, ambos me invitaron a entrar. Atrás había un asiento vacío y me senté. En lo que el examinador me pasaba la prueba, descubrí que estaba presentando examen de Educación Cívica. Le di un vistazo y pude ver que casi todas las preguntas no coincidían con lo que estudié en Paracho ; pero eran preguntas de opción múltiple y de complementación. Así que puse en juego mi sentido común, que aunque dicen que no es el más común de los sentidos, a mi gracias a Dios, me lo otorgó e hice uso de él y pude resolver lo más fácil. Terminé con un tin marín con las difíciles y me levanté a entregársela al maestro.

---Todavia hay tiempo, muchacho, contesta algo.

---No se preocupe, ya terminé. Contesté todas.

---Pero si no han pasado más de treinta minutos.

---Gracias profesor Estoy bien.

Salí al patio sintiendo la curiosa mirada de mis compañeros.

---¿No presentaste el examen ? ---cuestionó mi conductor Mejorada, quien apenas se estaba preparando anímicamente para irse a desayunar, hecho que culminamos luego de contarle de mi prueba y durante el egreso a La Llave, me puso al tanto de los tópicos del camino.

El jueves me recomendó que tratara de acondicionarme para montar la bicicleta en los doce kilómetros de ida y de retorno.

---Estamos preocupados con tus papás ---dijo--- porque por más que ya buscamos en San Juan del Río, en Tequisquiapan, incluso en Celaya y En mismo Querétaro, no encontramos ninguna bicicleta pequeña o mediana, pues como eres pequeño… ¿A propósito, cuánto mides ?

---Metro treinta. Sé que voy a montar una bicicleta rodada 28 y voy a tener que ir resbalándome a ambos lados del sillín, alternamdo cada pie, paraa alcanzar el pedal, .

----Eso me suena agotador —exclamó---pues si te falla puedes lastimarte o de plano perder tus atributos.

Sin proponérnoslo, soltamos la carcajada y aunque no eché en saco roto el consejo, no pude practicar por falta de bicla.

Por fin llegó el lunes y a las siete de la mañana apareció el Cabecitas, uno de los Agrónomos del Internado, con dos bicicletas : La propia y una medio destartalada, que le prestó su primo.

---Disculpen maestros, sólo pude conseguir esta para su chamaco ---dijo---, aunque yo lo puedo guiar en la ida a San Juan, hasta la escuela ; pero él tendrá que regresar solo.

---¿Qué dices, Jorgito ?

---Me parece perfecto. ¿Qué más puedo decir si José —ignoré su apodo--- nos está, me está sacando del apuro : consiguió mi transporte y además va a ser mi guía. Gracias a todos por ayudarme, espero no decepcionarlos.

---Pues vámonos, que el tiempo apremia ---dijo mi guía.

Mi mami, al besarme en la frente y santiguarme, me recordó a Mamita, mi abuela, por su estilo de bendición.

----Si te cansas, me avisas, pa’tomar un respiro. Total tenemos tiempo.

---Yo le aviso.

Pese a que la mañana estaba fresca, a los pocos minutos comencé a sudar, pensando en que era por mi especial esfuerzo con cada pedalazo y ya con mi cuerpo caliente, todos mis movimientos fueron menos tensos. Por los vericuetos que fuimos llevando al avanzar me percaté de que íbamos tomando atajos que el coche no puede utilizar. Cuando cruzamos por un costado de San Pedro Aguacatlán y salimos a la recta de dos kilómetros, rodeada de magueyales, que de manera perpendicular, nos llevaría a la asfaltada carretera a Tequisquiapan.

Al abordarla giramos a la derecha hacia San Juan del Río. Los cuatro kilómetros y medio los cubrimos fácilmente y el cambio del asfalto a empedrado, me indicó que estábamos en la ciudad. Siguiendo a José cruzamos a la izquierda y cruzando calles angostas llegamos a la carretera y calle principal, que nos condujo a la secundaria. Agradecí al Cabecitas y al bajarme de mi nave por poco azoto al falsearme la pierna por el esfuerzo. Me recompuse y entré al salón, poniendo la bici en un cuartito que había al fondo.

Las clases me parecieron maravillosas, con maestros ejerciendo su carrera con amor, tanto que me olvidé del cansancio y de lo que me esperaba al regreso.

Al término apareció mi verdadero problema, porque la llanta delantera estaba ponchada.

---No te preocupes, ---exclamó mi compañero Bautista del Rayo---. Te voy a llevar al taller de bicicletas de mi papá, y la vamos a arreglar.

Le tomé la palabra y caminamos, yo remolcando mi dos patas. Mi ocurrencia nos provocó risa.

Llegando al taller me presentó con su papá explicándole mi condición de estudiante bicicletero que iría diariamente de La Llave a San Juan del Río, montando su caballo de dos llantas. Tanto le agradó mi historia que no me cobró la reparación y me conminó a acudir a él si tuviera algún percance. Le di las gracias y siguiendo sus instrucciones fácilmente llegué a la salida a Tequisquiapan. Mi reloj marcaba un cuarto para las tres, detalle que me alegró porque no había perdido mucho tiempo.

Enfilé mi nave y a buen paso fui avanzando hacia mi destino. No sentía cansancio, pues mi primordial interés era llegar a casa y borrar la idea de que algo malo pasaba por el retraso. Quizá ese pensamiento me instó a ir más rápido, tanto que sin darme cuenta llegué al internado. Mi madre se alegró al verme sano y salvo y mucho más cuando le conté de mis peripecias y cómo las fui solucionando.

1. Mi comida fueron unos moros con cristianos que devoré con frugalidad

Por la tarde don Nef nos contó algo maravilloso : el maestro agrónomo Guadalupe Herrera nos vendió su bicicleta Raleigh inglesa,que el antiguo director la trajo de la zona libre de Quintana Roo. Lo único que el maestro Lupe quería que yo la quisiera como propia y el me llevaría para empezar mi vida bicicletera llevándome en la parrilla al otro día a San Juan, dónde me la entregaría formalmente. No dormí muy tranquilo en espera de la entrega.

A las siete y media llegó con la Raleigh verde obscuro, de doble cuadro, con manubrio elevado, portacadena y portabulto. Aunque era toda una maravilla de rodada 28, valía la pena el sacrificio.

Guadalupe, el agrónomo, muy parecido a Lupe, el vocalista del grupo Bronco, en estatura, color y complexión montó a nuestra nave y yo pude acomodarme en la parrilla. De momento pensé que sería un viaje lento y aburrido y en los primeros metros me percaté de que con la facilidad del mundo alcanzamos más de 30 kilómetros por hora. Parecía que yo no contabas como un peso extra. El maestro Lupe me explicó que con su metro 80 y tantos de estatura, no le costaba ningún trabajo llevarme, pues era como un peso pluma. Mover más de 30 kilos era juguete comparado con los compañeros que de repente solía transportar. Y la inercia trabajaba perfectamente cuando iba cargado doble. El chiste estaba en el arranque para alcanzar la velocidad deseada. En un poco más de 15 minutos me dejó la bicicleta frente a la Farmacia Regina y tomé las riendas de mi bello corcel y me dirigí por la bajada hacia la escuela. Entré muy orgulloso remolcando mi adquisición y la llevé al fondo de mi salón, aprovechando que no había nadie. Empezaron a llegar mis compañeros y se iniciaron las clases.

Durante el tiempo de refrigerio varios de ellos , sobre todo las muchachas, muy bonitas, por cierto, se acercaron a preguntarme de dónde era, y como en la clase de Biología la maestra me hizo una pregunta, que contesté bien, pero por los nervios me salió el acento españolado, salpicado de siseos, tenían curiosidad de saber si yo era oriundo de España.

Más se alborotaron las chavas con mi participación, pues yo contestaba con marcado acento siseado y muy rápido. Literalmente me salvó la campana cuando escuchamos el ring ring del timbre del regreso a clases. Justo a las dos al tiempo de salida, agarré mis bártulos con gran parsimonia, pues debía esperar a que salieran todos para poder sacar mi bicicleta. Lo hice y con toda la calma fui acercándome a la puerta tras de mis bellas condiscípulas y al salir a la calle algunos muchachos se abalanzaron, llevando el de adelante, una tijera de peluquero que blandía peligrosamente.

----¡Hay que raparlo ¡---gritó.

---¡Rapémoslo, es nuevo !---exclamó otro.

---¡No !--- se oyó en coro. Nunca supe de dónde salieron, pero las bellas muchachas se interpusieron frente a mis agresores y con las uñas por delante, bajaron la piel de la cara de varios de los adelantados, entre ellos el de la tijera.

Creo que soy uno de los pocos afortunados de haber tenido de guardaespaldas a una pléyade de preciosas amazonas

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