Terminando la secundaria en San Juan del Río, me fui a San Cristóbal de Las Casas para estudiar la prepa. Para ayudar a entenderme mejor, mi madre Atalita Penagos, me regaló una grabadora de carrete, de tres, tres cuartos de velocidad, marca Philips. Precioso aparato que me ayudaría a salir adelante con mis estudios porque mi madre sabia, maestra de siempre, al fin, detectó mi poca capacidad para entender por medio del sonido o sea la voz. Yo me desenvolvía mejor con material escrito, A diferencia de lo escuchado, captaba todo fácilmente con sólo leerlo.
La idea de ella, que agarré al vuelo, fue que a través de mis clases que yo grabara podría aprender a captar mejor y eso era entendible porque si se une la acción a la palabra, nuestra capacidad de percibir se multiplica. Entonces uno absorbe la información a través de la vista y el oído y si a eso le agregamos lo que hemos escrito, ayudaremos al cerebro a captar mejor y se cumpliría el principio de aprender haciendo.
Así que, en clase, al escuchar al expositor, escribía mis apuntes y luego completaba con un resumen que hacía, y lo plasmaba en lo que ahora iba a ser un audiolibro, para mi un audioapunte. Reí de mi ocurrencia.
Y llegó la hora de la prueba : los exámenes semestrales.
Me pasaba gran parte desde el atardecer hasta la media noche estudiando. Cualquiera que hubiera entrado a mi recámara se espantaría al verme acostado, con los ojos cubiertos con un tapaojos que simulaba la cara de un panda (no encontré de otro tipo en la bonetería del Tititiritero), y remataba todo, con unos audífonos estereofónicos que cubrían mis dos orejas. Seguramente me habrían ubicado como un alienígena.
Mi cama era gemela de la de mi mamá, ubicada junto a la pared que colindaba con la recámara de mis abuelos, y aunque tenía pisos de duela de madera, calaba el frío, máxime que en las puertas de doble hoja, las ventilas tenían cristal y yo quité uno para permitir mejor la entrada del aire.
Por fin llegaron los exámenes finales y me preparé un poco más con mi sistema del audioapunte.
La cuarta noche, antesala del examen más difícil para mí, me agarró el sueño más tarde que nunca.
Con el frío me desperté. Descubrí que estaba helado, y peor pude sentirme, cuando al estirar los brazos, chocaron con ¿madera ?, y al estirar los pies también chocaron y a los lados y arriba, ¿madera, también ? Luego golpeé con mis talones, pensando en lo mullido del colchón y me dolieron ante el contacto muy frío al golpear la tabla. Un terrible escalofrío me recorrió al imaginarme, ¿deducción, acaso de que estaba enterrado ? Quise gritar y el miedo paralizó mi garganta. No pude proferir ningún sonido. ¡Estaba enterrado en un cajón de madera ! Lo bueno era que no me faltaba aire, pues podía respirar bien. ¿Cuánto tiempo me duraría el oxígeno ? Por fin grité y me salió un graznido parecido a un :
— -¡Auxilio, estoy enterrado aquí abajo !--- me volví a retorcer y pude escuchar : ¡Clank ! Que era el sonido de la bacinica de peltre.
Nunca supe cómo me metí debajo de la cama, pues estaba rodeada de sillas donde estaban mis libros y dos burós. En uno se hallaba la grabadora y en el otro varios carretes de grabación.