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![]() oOo UNA INVITACIÓN A LA LECTURA DE FIGURAS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR DE GABRIEL MIRÓ
He leído con gran disfrute varios libros de Gabriel Miró de mi padre y otros que he encontrado en pasados años en la Feria del Libro -alguno de los cuales a mi madre y a mí nos hicieron pensar en él, en mi padre, pues nos lo recordaron-, los he leído con gran disfrute y los he apreciado mucho. Por esto lo sentí como una oportunidad y que era un obsequio encontrar sus Obras completas en la edición que prologó su hija en 1953 en la edición de este año de la Feria, en septiembre y octubre. Me ha permitido leer algunos libros muy bellos que no había leído, tal El humo dormido. Me quedan algunos libros de su principio, y el libro final, Figuras de la Pasión del Señor. Recuerdo haberlo dejado pasar en alguna edición anterior de la Feria y luego lamentar así haberlo hecho. Por esto me agrada encontrarlo como cierre de estas sus Obras completas. Pensé, tras leer varios libros suyos en otoño que se encuentran en ellas, que lo leería con la atención que requiere y el placer que seguro causa en algún momento que considerara propicio. Recuerdo este libro esta mañana, y pienso que hoy es el día, el día de la Pasión. En estas Obras completas va precedido de tres textos -Bethlehem, Los tres caminantes, La conciencia mesiánica de Jesús- que sólo se publicaron póstumamente y que también quiero leer, pero empezaré directamente el final libro de la Pasión, que seguramente hoy no acabaré. Pero empezaré por él. Porque hoy es el día. En la edición de la Feria del Libro de este año compré también varios tomos de la Obra completa en prosa de un escritor que quiero, Juan Gil-Albert. En uno de ellos se encuentra el libro u opúsculo que escribió en homenaje a Gabriel Miró cuando su muerte. Recuerdo que el encuentro con Miró fue para él este libro, Figuras de la Pasión del Señor, y nos explica el deslumbramiento que le causó. También el carácter que para él tiene y que es casi de milagro. Recuerdo, si no recuerdo mal, que expresa algo así como una encarnación que se da en este libro. Encarnación o recreación con algo de prodigio, y que tiene la verdad que éste -el prodigio- puede tener. Recuerdo, si no recuerdo mal, que nos dice que le parece asistir a las parábolas de Jesús. Juan Gil-Albert no sólo nos transmite el milagro y la belleza de este libro sino que también lo defiende en su verdad. Así trae unas palabras del ortodoxo Antonio Maura en que lo defiende. Creo que voy a buscar estas palabras de Juan Gil-Albert en este bello homenaje y evocación de Gabriel Miró, sus palabras propias y también las que nos trae de Maura. Y luego voy a empezar a leer el libro de Gabriel Miró. No creo que pueda acabar hoy su lectura, pero escribo estas palabras aun antes de empezar ésta para que sean un recuerdo, para que les venga a la memoria y lo tengan en el pensamiento quienes también puedan pensar que es una bonita lectura para este día y estos días, para el día de la Pasión y para la Semana Santa. Por esto las escribo. Como una invitación a leer Figuras de la Pasión del Señor de Gabriel Miró. Así hojeo el libro de Juan Gil-Albert. Al principio del libro, dedicado a Figuras de la Pasión del Señor, Juan Gil-Albert nos habla de su encuentro con Miró, que se da con este libro : Yo leía entonces a Oscar Wilde. Todo adolescente cultivado lee a Oscar Wilde, pero muchos lo leen por snobismo y algunos por vicio. Yo leía a Oscar Wilde por su prosa y por el gran atractivo que tenía para mis años mozos la aguda libertad de su pensamiento. Siempre he creído que a pesar de su dandismo podía ser leído con gusto por el demócrata más puro -la burguesía, incluida la aristocrática y la socialista, odia a Wilde-. Además de que en su obra hay siempre un latido magnífico de su humanidad. Sus páginas sobre el socialismo y su célebre Balada de la cárcel de Reading, son obras desconocidas completamente por el pueblo, y no deja de ser una lástima Entonces, alguien que no recuerdo, me dijo : ¿Por qué no lees Las figuras de la Pasión del Señor, de Gabriel Miró ? Había yo escrito mis primeros cuentos, y el amigo -creo que un estudiante de Filosofía y Letras- tuvo la intuición, a través de mis páginas, de mis posibles preferencias. Compré Las figuras de la Pasión del Señor, y por primera vez leí a Miró. Su primera frase : “Levantaron las mujeres sus ojos al azul de la tarde y prorrumpieron en palabras de júbilo y bendiciones al Señor”, tenía ya resonancias de despertar glorioso. Mi apasionamiento no tuvo límites. Yo leí con fruición Las figuras de la Pasión del Señor. Aquellos dos tomitos editados fueron conmigo en coche, en ferrocarril, al campo, a casa de los amigos, porque no se agotaba mi ansia de releerlos. ¡Cuántas veces en una antecámara del sastre, en el entreacto de un espectáculo, en la silla de una iglesia he recibido con sorpresa la exactitud cotidiana del momento -me había llegado el turno o aquello se acababa-, porque yo tenía que caerme de pronto de la placidez de suco vegetal de Galilea !. Nunca creo que pueda agradecerse lo bastante a un hombre el que nos haya intensificado de tal manera el vivir de una temporada nuestra. Se ha vivido ¿cuánto ? ¿Cinco, diez, veinte años ? ¡Quién lo sabe ! Durante ese tiempo que estamos sujetos a la influencia de una obra de arte puro, el cerebro, la sensibilidad, el sistema nervioso han recibido un estirón, se han hecho hombres. ¿Y el encanto de Miró ? La primera frase, desde luego, ya nos entreabre el frutal denso de lirismo de su prosa ; pero hay que masticar con delicia aquel zumo de sus párrafos, pues sólo así se nos quedará una gota colgando de los labios, como luego de un hartazón ansioso y feliz. En aquellos tiempos hemos leído a Santa Teresa, a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León, a Baltasar Gracián ; pero ellos -aun paladeándolos- nos dejan un sabor de añejo especioso ; y luego integran nuestro subconsciente, acompañándonos siempre en un halago de culturas saboreadas. No ; yo creo que leyendo a Miró sólo recordé vagamente algunos ratos íntimos de colegial : las parábolas de Cristo. Me traían un eco del mismo perfume de emoción. Pero Miró no nos recuerda otros libros, sino que nos acerca la vida en lo más desnudo de su esencia : el campo. Él es el taumaturgo de los despertares del espíritu. Porque hay muchas sensaciones en nosotros que están ociosas, frescas y sin usar, recostadas en Dios sabe qué rincón rosado de alguna víscera y las “frases cinceladas” de Miró tienen el privilegio de levantar un alarido virginal de ondas enervatorias que llegan hasta las sienes y las uñas y al extremo más sensible de la nariz con toda la palpitante osadía de lo que aún está caliente de pristinidad. Nos dice también más adelante en este primer capítulo : El cardenal Mercier, figura egregia de la Iglesia militante, ante la que se inclinaron el Papa, los reyes de Bélgica, los católicos, los protestantes, los anglicanos y los librepensadores, dijo haberlo aprendido todo en el Evangelio y en la Naturaleza. Evangelio y Naturaleza. He aquí enfocadas ya Las figuras de la Pasión del Señor, de Gabriel Miró. De este modo ha de resultarnos más paradójico el saber que este hombre -en el pináculo de su corta y gloriosa carrera de arte- profundamente cristiano, que elige como tema de su libro la Pasión del Señor y que arranca chispas perfectas de calidad estética del Evangelio y de la Naturaleza -los dos libros preferidos de un cardenal ejemplar- se encontrará combatido con saña por un sector odioso de la clerecía española. ¡Hablar de Las figuras de la Pasión del Señor ! Y hablar de este libro a los que no lo leyeron es algo, creo yo, completamente inútil ; porque ¿dónde encontrar la frase que matice exactamente la valoración profunda de su contenido ? Ni las frases de Unamuno, ni las de Azorín, ni las de Maura, a pesar de estar llenas de conceptos elogiosos y precisos para la obra de Miró, me hubieran acercado a la verdad palpitante. Azorín, últimamente, acertó más cuando dijo de la prosa de Miró algo así como : que no era sonora, musical, sino “táctil”. Efectivamente, esto ya nos matiza una especialidad sensual : con Miró tocamos las cosas. Y yo añadiría : y las olemos y las masticamos. El sabor ha sido una de las aportaciones más interesantes que nuestra literatura debe a Miró. ¿Extrañará pues, que con estas características, si el artista pretende levantar una época histórica nos ha de dar un cuadro fragante en el que los sentidos harán huelga de actualidades para percibir el pulso arterial de lo que vivió en el pretérito ? Pero ese pulso que está latente en Las figuras de la Pasión del Señor no es la sombra de vitalidad que queda de las épocas ya muertas, la vitalidad de aquellas épocas vista a distancia, sino el mismo ritmo que fue, transustanciado en nuestro corazón actual, de tal forma que la época, los años que se durmieron hace ya muchos siglos, viven en nuestra sangre, en nuestros nervios, en nuestros músculos, como si fueran de nuevo jóvenes y tiernos de actualidad, y el Universo debe sentir como un pasmo de gozo de que alguien de ahora -a través de “años y leguas”, como diría Miró- le ofrezca una síntesis renovada de sus gallardías y delicias ancestrales. Y un párrafo más adelante, también en este primer capítulo : “¿Quién que tenga sensibilidad no despierta ante esta profusión de hallazgos estéticos ? Las otras reconstrucciones históricas que conocemos se van quedando frías en nuestra memoria, porque sólo aquí se recoge con fruición todo el hálito de una época. ¡Y la época de Jesucristo ! Todo aquello que conocíamos de una manera histórica, diluido en las distancias de las interpretaciones religiosas, se torna de pronto táctil, familiar, preciso, con una sorpresa fragante de motivos resucitados ; motivos nuestros, motivos de hoy, adivinados en las lejanías más apasionadas ; lo que fue entonces, se hace ahora carne de nuestros minutos más sabrosos”. Y otro que se encuentra ya en el segundo capítulo : “Desde Levante, Gabriel Miró envió al mundo su Recreación de la Buena Nueva. Y el mundo se estremeció. Porque es gracioso el pensar que este siglo nuestro, tan vilipendiado por los moralistas baratos, iba a tener tan cerca a Jesús de Galilea. Mucho más cerca que los siglos bizantinos, que los siglos medievales, que los siglos renacentistas. Sin ningún esfuerzo por parte nuestra. Todo debido a la intuición privilegiada de un artista. Y abriendo uno de esos tomitos, el hombre de hoy puede verle pasar a él, al Hijo del Hombre, por sus mismos campos, que son los nuestros -no en una atmósfera banal de orientalismo-, porque, ¿quién no tiene en su vida un bancal de vides o un olivo de plata ?”. En el Capítulo VII, “Gabriel Miró y la Real Academia de la Lengua”, se encuentran las palabras de Antonio Maura que recordaba Juan Gil-Albert en su respaldo y su defensa traía y son éstas : Ya la campaña contra Miró había comenzado, aunque más encubierta, cuando aparecieron Las figuras de la Pasión del Señor. Este libro, una de las joyas más auténticas de la literatura contemporánea, había atraído hacia Miró la atención de las mentalidades serias. No cabía duda que en aquellas páginas se desvelaba una de las sensibilidades más asombrosas de nuestro tiempo. Y cuando de una parte se estaban saboreando aún las delicias, de otra comenzaron a dispararse los primeros chispazos. Don Antonio Maura, entonces presidente de la Real Academia Española, personalidad completamente ortodoxa dentro del catolicismo, escribía : “No me causa maravilla que las personas muy versadas en lecturas piadosas y en meditaciones recogidas y cordialmente efusivas acerca de la Pasión, lean con extrañeza las páginas de Miró y noten como irreverencia el acto mismo de tomar los asuntos por el solo lado estético, aun tratándolos magistral y delicadamente. Paréceme a mí que no se lesiona con esto la piedad de los creyentes, puesto que la pluma profana no pierde el respeto ni un solo instante ; y no acierto a reputar vedada a la pluma una artística reproducción en que los pinceles de los más afamados pintores se ejercitaron siglo tras siglo, por encargo y bajo el patrocinio de las mayores autoridades de la Iglesia”. Y aquí no hay partidismo ; todo lo contrario, puesto que estas apreciaciones estaban hechas por un hombre que algunos llegaban a tachar de beato. Bellas, muy bellas palabras las de Juan Gil-Albert sobre este libro de Gabriel Miró. Ahora me queda leerlo, en los días que pueda, y escribo como digo estas líneas para ayudar a que se le tenga en el pensamiento y en las intenciones de lectura. Como una invitación a ésta. He recordado también, al pensar y definirse de manera rotunda y clara en mí esta intención de leer hoy día de la Pasión del Señor este libro de Gabriel Miró, que el Viernes Santo del año pasado fui invitado a pronunciar una ponencia en el Monasterio de San Jerónimo de la Murtra sobre la poesía y el silencio, algo que hice con sumo gusto y que me pareció hacía que se cumpliera de modo acertado y pleno ese día santo. Me llega a las intenciones la de leer este Viernes Santo este libro de Gabriel Miró, que me parece también una manera de cumplirse -este día y estos días de Semana Santa-, e invito a que en él así, de esta manera se piense. Aquí dejaba estas palabras, con la expresión de esta invitación. Abro el libro de Gabriel Miró, que cierra sus Obras completas prologadas por su hija, y al abrirlo me encuentro lleva esta dedicatoria : A mi madre, que me ha contado muchas veces la Pasión del Señor. El final es el principio, en el final el principio. La Pasión y el porvenir, el misterio mágico del tiempo, la leyenda que es historia pero es también leyenda y puede reencarnarse y recrearse, una historia que puede contar una madre a su hijo y éste ya escritor contarla y recrearla para todos en un libro que espero sentir, como lo sentía en su juventud el poeta Juan Gil-Albert, que tiene algo de milagro. P.S. Empiezo a leer Figuras de la Pasión del Señor y me deleito en su belleza. Voy por su segundo capítulo, “El Padre de Familias”, y recuerdo un pensamiento y deseo de Borges. El poeta argentino decía que le hubiera gustado escribir un quinto Evangelio. No recuerdo si pensaba en la posibilidad de escribirlo él o sencillamente en la de que se pudiera escribirlo. En ese pensamiento y ese deseo está la convicción de que nada podría ser más hermoso. Lo recuerdo de pronto mientras estoy leyendo Figuras de la Pasión del Señor, y pienso que algo de este deseo y este pensamiento, de esta intención, realizó a su manera en este libro Gabriel Miró, una manera que en su verdad y su belleza en efecto tiene también algo de milagro.
Barcelona, Viernes Santo, 3 de abril de 2026
CODA. Las maravillosas páginas bíblicas de Gabriel Miró, que se encuentran en estas Obras completas en que las leo y no se publicaron en vida. Las leo en un jardín hoy Domingo de Pascua, tras haber leído Viernes Santo y Sábado de Gloria su libro Figuras de la Pasión del Señor. Libro esperado, apartado como lectura para un momento que ésta mereciera. Y ha sido la de estos días. Sentí una invitación a esta lectura y en palabras la traduje. Traje palabras de Juan Gil-Albert que pudieran cimentarla y son bellas palabras. Sólo ahora una coda para decir la lectura de este libro que en verdad tiene de milagro y después las páginas bíblicas que en estas Obras completas le preceden -Bethlehem, Los tres caminantes, La conciencia mesiánica de Jesús-, y que la promesa que tiene en sí la belleza puede alguna vez cumplirse.
Barcelona, Domingo de Pascua, 5 de abril de 2026 |
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Commentaires :
Santiago ¡Qué lectura apropiada, en tiempos de Semana Santa, la de Gabriel Miró, un verdadero preciosista ! Pero la perfección de su pluma no le impidió mantener una gran sobriedad. Sus figuras de la Pasión me conmueven. Saludos, Raúl