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 Article publié le 26 avril 2026.

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El sábado participé en la sesión inicial del Grup de Professionals de Cristianisme i Justícia, y esta primera sesión se dedica a plantear los temas a las que se dedicarán las sesiones del curso. Una amiga dijo que estaría bien que una estuviera basada en un libro. Comenté a raíz de esto que en verano leí las Confesiones de San Agustín, que hacía muchos años quería leer, y escribí algo para acompañar su lectura. Que la escribí por mi cuenta, comentando los pasajes que más me llamaban la atención, y no pensando en que podía interesar a un auditorio determinado. Pero a esta amiga le pareció bien así, e impartiré una sesión con esta lectura en marzo. Les dije que no sólo era un libro espiritual sino también de cultura, un libro capital en la cultura occidental. También que el nuevo Papa era agustino, y son y serán constantes sus referencias a San Agustín. Para indicarles este carácter de testimonio en la cultura les indiqué cómo San Agustín ve leer en silencio y para sí mismo a San Ambrosio, el obispo de Milán, y esto le asombra. Porque hasta entonces se leía en voz alta. Hay pasajes esenciales -el tiempo, los palacios de la memoria- que esperaba encontrar y me complací en encontrar, y así lo señalé en lo que escribía. Conocía este pasaje y creo que no lo señalé. Se refiere a él José María Valverde, y lo glosa en este sentido de la lectura en voz alta. Dice que hasta entonces la letra escrita era algo así como la partitura para la música, un soporte. Da ejemplos de cómo esta práctica pervive. El curioso impertinente, de Cervantes, es una novela renacentista, y tiene la extensión propia para ser leída en una reunión literaria. Creo que da un ejemplo moderno, de un colegio mayor en el que los estudiantes realizaban lectura en voz alta. Yo recuerdo dos más : las lecturas en los monasterios, y el tabaco en Cuba. El cantante Compay Segundo, les digo, tenía una cultura literaria que asombraba. Había estado décadas trabajando en las haciendas de tabaco de Cuba. Les leían toda la literatura universal. Había escuchado todo Alejandro Dumas, cosas así. De ahí su cultura literaria.

Son ejemplos, pervivencias. Leer en voz alta puede ser también la piedra de toque para dar valor o comprender el sentido de un texto. Recuerdo que, en una antigua conversación en El Ciervo en la que seguramente también estaba Valverde, un participante decía que no le había interesado mucho la poesía de Carles Riba, pero que cuando escuchó al mismo Riba leer sus poemas sí le interesó. Porque esta lectura en voz alta del propio poeta de sus poemas le hizo percibir y comprender y que le llegara su poesía de otra manera. Pero estamos en este momento que le sirve a Valverde para comentar todo esto, señalar este paso de la lectura en voz alta a la lectura silenciosa y para uno mismo, en un diálogo callado e interior. Que en principio es la que realizamos y en la que pensamos.

En alguna de las primeras clases siempre hablo a los estudiantes de la lectura. He traído en lo que he escrito últimamente testimonios acerca de ella, que empleo -de Borges, de Sabato. En las bellas páginas que Proust dedica a la lectura la entiende como una amistad. Recuerdo que una vez que lo mencioné esto le agradó a José María Balcells y así me lo dijo. Proust explica las especiales características de esta amistad, que desde luego se da en un diálogo silencioso e interior. Nos dice : “la diferencia esencial entre un libro y un amigo, no es su mayor o menor sapiencia, sino la manera en cómo se establece la comunicación con ellos, consistiendo la lectura para cada uno de nosotros, al revés de la conversación, en recibir comunicación de otro pensamiento pero continuando solos, es decir, sin dejar de disfrutar de la capacidad intelectual de que se goza en la soledad y que la conversación disipa inmediatamente, conservando la posibilidad de la inspiración y toda la fecundidad del trabajo de la mente sobre sí misma”. También : “De la pura soledad la mente perezosa no podrá obtener nada, puesto que es incapaz por sí sola de poner en marcha su actividad creadora. Sin embargo, la conversación más elevada, los consejos más sabios tampoco le servirían de nada, ya que no pueden producir directamente esta original actividad. Lo que hace falta por tanto es una intervención que, proviniendo de otro, se produzca en cambio en nuestro interior ; un estímulo desde luego de otra mente, pero recibido en perfecta soledad. Y ya hemos visto que ésta era precisamente la definición de la lectura, y que sólo a la lectura se ajustaba”. Algo fundamental, y a lo que me he referido en muchas ocasiones : “Mientras la lectura sea para nosotros la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro interior la puerta de estancias a las que no hubiéramos sabido llegar solos, su papel en nuestra vida es saludable”. Y, más adelante, otro aspecto que piensa caracteriza a esta amistad y la diferencia de la amistad con las gentes :

Sin duda, la amistad, la amistad que con respecto a los individuos es algo frívolo, y la lectura es una amistad. Pero al menos es una amistad sincera, y el hecho de que se profese a un muerto, a un ausente, le da algo de desinteresado, algo casi conmovedor. Se trata además de una amistad desprovista de todo aquello que afea a las demás amistades. Como en el fondo todos nosotros, los vivos, no somos más que muertos que todavía no hemos entrado en funciones, todos esos cumplidos, todas esas reverencias en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, afecto, con las que mezclamos tantas mentiras, son inútiles y fastidiosas. Más aún -desde las primeras relaciones de simpatía, de admiración, de agradecimiento-, las primeras palabras que pronunciamos, las primeras cartas que escribimos, tejen a nuestro alrededor los primeros hilos de un entramado de hábitos, de una manera de comportarnos, de los que ya no podremos desembarazarnos en las amistades siguientes ; sin contar que durante todo ese tiempo las palabras excesivas que hayamos pronunciado permanecen como letras de cambio que debemos pagar, o que pagaremos más caro todavía con una vida de remordimientos el haber dejado protestarlas. En la lectura, la amistad a menudo nos devuelve su primitiva pureza. Con los libros, no hay amabilidad que valga. Con estos amigos, si pasamos la velada en su compañía, es porque realmente nos apetece. A menudo tenemos que dejarlos contra nuestra voluntad. Y una vez nos hemos ido, ni sombra de esos pensamientos que echan a perder la amistad. ¿Qué habrán pensado de nosotros ? -¿No habremos estado faltos de tacto ?- ¿Hemos gustado ?, y el miedo a que prefieran a cualquier otro. Todos estos sobresaltos de la amistad, desaparecen en el umbral mismo de esta amistad pura y tranquila que es la lectura. Como tampoco aquí es necesaria la deferencia ; sólo reímos de lo que dice Moliére en la medida misma en que lo encontremos divertido ; cuando nos aburre, no nos preocupa parecer aburridos, y cuando estamos definitivamente cansados de su compañía, le devolvemos a su sitio sin miramientos, sin importarnos su genio ni su celebridad. La atmósfera de esta amistad pura es el silencio, más puro que la palabra. Pues solemos hablar para los demás, y en cambio nos callamos cuando estamos con nosotros mismos. Además el silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. El silencio es puro, es realmente una atmósfera. Entre el pensamiento del autor y el nuestro no interpone esos elementos irreductibles, refractarios al pensamiento, de nuestros diferentes egoísmos. El lenguaje mismo del libro es puro (si el libro merece este nombre), transparente merced al pensamiento del autor que le ha aligerado de todo lo accesorio hasta conseguir su imagen fiel ; cada frase, en el fondo, se parece a las otras, pues todas son pronunciadas por la misma inflexión de una personalidad ; de ahí esa especie de continuidad, que las relaciones de la vida y aquellos elementos extraños que se mezclan con el pensamiento excluyen, permitiendo enseguida seguir la línea misma del pensamiento del autor, los rasgos de su fisonomía que se reflejan en este sereno espejo.

En 1964 Yorgos Seferis viene a Barcelona para impartir la conferencia “Variaciones sobre el libro”, en el marco de la XIII Exposición del Libro Antiguo, y cuyo texto tengo en Diálogo sobre la poesía y otros ensayos. Es un texto profundo y muy bello. En algún pasaje habla no sólo de esta lectura interior, de esta lectura que sólo puede darse sobre el papel impreso -al que se puede volver-, sino que es esta lectura la que ha permitido que se den según qué tipo de escrituras. Así nos dice :

La segunda razón por la que acepté con alegría vuestra invitación de venir a tomar parte en esta fiesta del Libro, es que no me siento enteramente extraño en vuestro oficio. Si mi destino no lo hubiese querido de otra manera, me hubiera gustado ejercer el arte de la imprenta. Me entregué a ella en los años de mis primeras publicaciones. En aquel tiempo, era el único talento que reconocía en mí mismo. Sin embargo, ésta es otra historia ; no quisiera tardar en hablaros de algunos pensamientos, relativos a los libros, que pensé mientras me disponía a venir a vuestro lado.

Un escritor antiguo alaba a Pisístrato porque fue el primero que mostró la Ilíada y la Odisea a los atenienses. Como sabéis, Pisístrato, en el siglo VI a.C., fue -según la tradición- el primero que ordenó copiar las epopeyas homéricas. Hasta entonces, los hombres simplemente oían esos poemas, pero no los veían, porque se comunicaban a través de la voz de los rapsodas.

La alabanza, que hoy puede parecernos inútil, significa sin embargo un punto de inflexión en la historia del espíritu europeo : en aquel instante la poesía empieza a mostrarse y no sólo a oírse ; en aquel instante comienza la larga genealogía del libro ; una evolución que, pasando por las bibliotecas alejandrinas, se desarrolla infinitamente con el descubrimiento de la imprenta, para terminar en el despliegue -que formulamos hoy con cierta intranquilidad- de la reciente mecanización del libro. Desde entonces, se creó esta segunda naturaleza : la naturaleza del lector.

Repasemos brevemente la diferencia que hay entre la poesía que se oye y la poesía que se ve o se lee. Podemos imaginarnos que la primera se desarrollaba sobre una línea mantenida por la voz del recitador ; la palabra no podía quedar durante mucho tiempo en la mente del auditorio ; debía ceder su sitio a la palabra siguiente ; además, el auditorio se dejaba arrastrar por un ritmo que era bastante sencillo y, por tanto, comprensible. Podemos aplicar la misma observación al desarrollo de cada verso, que parece inclinado a componer una unidad casi independiente. Por otra parte, el auditorio de una poesía semejante se deja dominar en principio por una forma de encantamiento que lleva consigo su propio espíritu razonador y corrector. A veces, cuando termina el recitado, se quiere recordar el verso y, para ello, se utiliza una serie de medios mnemotécnicos. En principio, las musas fueron hijas de Mnemosine.

Me gusta imaginar este mágico círculo de hombres colectivamente sometidos al encanto de un rapsoda, y me gusta de forma muy especial la voz humana.

La situación del lector es muy diferente. En principio, se encuentra solo frente al libro abierto. Tiene ante él una página y la mira en silencio ; puede volver hacia atrás o hacia adelante ; tiene la posibilidad de volver a ver cuanto ya ha leído o mirar el final del libro antes que el principio. Puede incluso detenerse en una palabra, acercarse a una frase que no entendió bien a primera vista. Si vemos a un lector rodeado por una biblioteca -y todo lector está rodeado por una biblioteca real o idealmente-, podemos imaginar con facilidad que todos los libros que ha leído se completan unos a otros en su lectura ; que el conjunto de los conocimientos que continuamente van acumulándose, regala a su oído espiritual un gran terreno de armónicos ; que la línea, mantenida por la voz del rapsoda en la poesía auditiva, varía ahora o se rompe, y no es siempre la misma. La lectura crea una situación diferente y esa situación humana, según parece, no se desarrolló sin dejar de influir en los ritmos y en la expresión de la poesía. No tengo el propósito de sostener que los cambios producidos en la articulación de la poesía no se deban también a otros factores del comportamiento humano ; seguramente se deben también -ante todo- a la inevitable necesidad que obliga a todo arte a desarrollarse bajo pena de muerte. Lo que intento explicar es que el hecho de que el lector haya sustituido al auditorio de los poemas, contribuyó al cambio de nuestra postura psicológica frente a la poesía.

Me limitaré a un breve ejemplo : antiguamente, cuando se oía a un rapsoda pronunciar, en un verso de Homero, las palabras “en un mar de vino”, el espíritu del auditorio lo aceptaba instantáneamente y de manera natural, y quedaba preparado para el verso siguiente. Pero imagino que, cuando se leyó por primera vez en Góngora el verso en el que el viento “hace que se deslicen en la cabellera de las aguas del mar cortinas de jade”, el lector sentirá la necesidad de detenerse para comprender bien y seguir hasta el final los ecos de este brillante verso.

Así, me tienta el pensamiento extraño de que, si no existiera el libro impreso, la poesía de Góngora difícilmente hubiera sobrevivido. Y persisto en esta idea cuando pienso que el último discípulo de aquel poeta vuestro, el mejor que conozco, Stéphane Mallarmé, gustaba decir : “En el mundo todo existe para terminar en un libro” ; y que el fin de esta mística del libro es el último poema del maestro de la rue de Rome, “Un coup de dés”, que no puede leerse en absoluto, sino verse únicamente. En verdad, Mallarmé buscó en este poema una expresión puramente óptica, mediante la utilización de los blancos de la página, mediante la disposición y las medidas de los elementos tipográficos. Éste es uno de los fines de la poesía que se ve, después de quinientos años de imprenta.

Esta historia lejana -que intenté explicaros aquí lo más brevemente posible- me vino a la cabeza cuando pensaba que iba a realizar mi primera visita a Cataluña, invitado por los libros ; por estos objetos que saben expresarlo todo a través de un medio increíblemente sencillo : con la unión de veinticuatro letras sobre un papel rectangular ; por estas pequeñas cajas que contienen lo que ha sido expresado ; por estas cajitas que, al abrirse, pueden liberar fuerzas poderosas y contrarias como la propia naturaleza.

En los años en que Mallarmé formuló la mística del libro, otro escritor francés, André Gide, gritó : “¡Natanael ! ¡Nunca terminaremos de quemar todos los libros !” Los hombres ya habían empezado a sentir que habían leído demasiado, en una época que es considerada, sin embargo, afortunada. Fuera de esto, aquella exclamación fue una afirmación de vida en todo su frescor ; una afirmación de la prioridad de los sentidos. “Todo conocimiento al que no sigue una sensación, me es inservible”, continúa Gide. Es una voz salida de un alma en plena juventud, de un alma que parece suplicar que el mundo empiece por ella, como aquel emperador de China que, queriendo destruir el pasado, ordenó que quemasen todos los libros que existían antes de él.

Creo que en algún momento de lo que he escrito he traído el párrafo final de esta conferencia, por ser esperanzador y un acto de fe en los libros. Lo vuelvo a traer ahora :

No quería terminar estas palabras en un tono pesimista. Sólo pretendía decir esto : los libros son cosas de nuestra naturaleza : somos nosotros, cuantos seamos ; constituyen una naturaleza humana que nos lleva a nuestras raíces, con la experiencia y la sabiduría de las generaciones pasadas, y que nosotros mismos, con nuestras visiones, proyectamos hacia el futuro. Si vemos que los libros tienen arrugas, no nos asustemos : quizás esas arrugas sean las nuestras. Si nos entusiasman, alegrémonos porque nuestra alma es el utensilio de este entusiasmo. Diría que los libros son como las innumerables teclas de un órgano de iglesia cuyos músicos somos todos nosotros. Las teclas dependen de nuestro talento, de nuestra audacia ; dependen también de nuestros defectos. Si es así, si creemos en el hombre, si creemos en la humanidad, con ese mismo acto de fe creeremos también en la importancia del libro. Porque en nuestro mundo que avanza a tientas, todo depende de un acto de fe. Por ello, me parece que, con esta bella exposición vuestra en honor del libro, hacéis un acto de fe en la humanidad.

 

Barcelona, 21 de octubre de 2025

 

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Commentaires :

  La lectura par Raúl Lavalle

Amigo Santiago Platón en el FEDRO consideraba superior la palabra hablada. Sin entrar en debate con alguien tan excelso, tú muestras bien cómo hay hermandad profunda, en el sujeto lector/oyente, entre ambos bellos modos de dar a conocer nuestro espíritu. Gracias, Raúl


 

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