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La carpa (cuento)
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 Article publié le 24 février 2019.

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La carpa del circo está descendiendo como el Victoria de Verne, nadie se explica cómo pudo suceder, al final ya ni eso importa, sino, lo que puede ocurrir. Todas las fieras, los artistas y el público encerrado. -Eso ni imaginarlo-.

Siempre hay alguien que desmantela. Presto a... 

Diría exactamente, un insensato.

El maestro Palacio está pintando dentro de la alegoría una escena de la función que está devorando. -¿Cuál ?- Aquí va.

-La danzarina baila en el infierno, nadie entiende cómo no se quema los pies. Esto sí una escena jamás vista. El viejo sabio estaba filudo con sus ojos y manos. Por un lado en el lienzo, pinceles y espátulas hacen lo suyo, por el otro moldea la escultura perfecta.

Atina con el espacio un ademán.

La visión es cautivante y doble. 

Es como estar todos atrapados en los círculos de Dante. Vacía por un instante la pasión. El hombre se impone, ve el riesgo. De un solo temple saca su bastón y lo impulsa como un misil al mismo centro de la tolda. 

Ésta como por hechizo empieza a enderezarse obedientemente y toma su compostura original. Queda esplendorosamente panzona con sus rayas de cebra y otro manchón dálmata. Parece que la punta de la copa la sostiene un rayo de sol.

Luego de unos ajetreos de sustos, el gentío se recupera y opta por salir. Los empleados guardan en sitio seguro a los animales.

La muchacha indiferente a lo que sucede a su alrededor, baila envuelta en las llamas, sigue la música. Se deja acariciar por el movimiento entrecortado de sensaciones y del ruido de la llama. 

El pintor sin que ella lo note lentamente se acerca. Él sin darse por entendido que es seguido de reojo, le arma un escenario de trazos, bocetos y figuras. Ni ella ni él tienen miedo al fuego.

Se funde algo en esa pleamar de complicidad que se ignora a sabiendas.

Algo incierto ocurre. 

Las siluetas y las formas dibujadas invaden el real, cobran vida. Los dos se dan las manos por un instante indefinido. Los personajes salidos misteriosamente ocupan las butacas del circo y empieza el aplauso.

Pausa. Ni un respiro. Silencio total dentro de las sombras.

Los actos de la trama continúan. 

El pintor le dice, -hace tiempo que esperaba este momento-, la bella mujer lo mira y le devuelve otras palabras, -ha llegado tu hora, tienes que terminar tu obra-.

Él retoma la piedra, empieza de nuevo a esculpirla, es especial, tiene el tamaño y la forma del artista. Conforme la pica él va desapareciendo. Si le hace las piernas pierde las propias. Si le hace el tronco, igual. 

Él se borra poco a poco. 

Parece un fantasma perdiéndose en espejismo de restos. 

Queda poco de él.

Al terminar su rostro y sus manos se forma una urna que se cierra con la huella que se desvanece cual delirio enterrando al dolor en el inicio o principio del olvido que aparece o desaparece.

Personajes la cargan y se meten en un pedazo de liencillo sin preparar. 

La mujer hace lo mismo.

La próxima función está por iniciarse, el público se apresura. Todos entran, miran, curiosean, se van sentando. Algunos caen en cuenta que en un rincón hay restos de chispas, que hay un trozo de una tela completamente chamuscada donde apenas se nota la existencia de todo un momento. Alguien alza los hombros. Otro se pregunta será parte de una función.

El malabarista en un rincón, atrás del escenario prepara las cuerdas, ensaya con su sombrero y aros los pormenores de la actuación, espera su turno, sigue repasando los pasos.

Todo está listo, alguien deja correr un hilillo de luces tenues hacia el centro de la pista. Aparece el presentador. Anuncia el primer acto...

El hacedor de este cuento sale descuidado y sin mirar quién está ahora haciendo otro número. Se estira para dar un zarpazo de bostezo. Mira el texto pasado a limpio como un resplandor. -Al fin me saqué de encima el peso del árbol hecho pira como una cosa de tantas que quedan pendiente en la punta de la lengua. 

Papel roto echado al carbón.

-¿Quién regó gasolina, quién tiró palito de fósforo ?- 

En ventana de reja la silueta grita y se zambulle entre sus dedos.

Restito del trapo como una serpiente hecha nudo se alista a…

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